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"El cilencio de Dios"



Parecería que el silencio de Dios en la Biblia expresa dos actitudes diferenciadas en Dios. Por una parte, el silencio de Dios está cargado de amor. Su silencio es como la antesala de la gran efusión de amor que es su Palabra.


Así el Génesis nos presenta el silencio del caos que precede a la palabra creadora: “Todo era un silencio informe” (Gen 1, 2). A ese silencio se contrapone la exuberancia de la Palabra creadora y amorosa de Dios que no cesa de decir: “hágase”.

El silencio de espera

Silencio de Dios fue también lo que experimentó Noé durante el diluvio. Tras la indicación divina de construir el arca, Dios enmudece, calla. Pasaban los días y el Patriarca abría la ventana de su corazón para escuchar la palabra divina que es vida, y no recibía respuesta. Este silencio del diluvio precedió a la nueva creación y a la promesa divina de mantener siempre su obra creadora.

Como silencio es presentado también la esclavitud del pueblo escogido bajo el dominio egipcio. Durante este período, Dios es silencioso y parece ausente de la historia de su pueblo. Pero el silencio de Dios es sólo aparente. Él contemplaba a su pueblo. “Dios miró” (Ex 2, 25) y decidió actuar. Con su mirada de amor dio inicio los prodigios de la historia de la liberación.

El exilio babilónico es considerado también como un tiempo en el que Dios estuvo mudo. “Mucho tiempo callé, estuve en silencio, me contuve” (Is 42, 14). Se trata de un silencio reprimido de Dios que evoca, como la imagen del parto usado por el profeta, la nueva época histórica que está por iniciar en la que “tornaré en luz las tinieblas” (Is 42, 16).

Un silencio que prepara la revelación

Todos estos silencios de Dios terminan en una efusión del amor divino que bendice con la abundancia de su Palabra la sequía a la que parecía estar sometida el alma durante su silencio. Quizá fuera esto lo que Dios quiso enseñar a Moisés cuando éste quiso ver el rostro de Dios: “al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no se puede ver”. (Ex 33, 22-23). El misterio divino conlleva dos presencias de Dios: por delante va su lado invisible, su rostro siempre oculto que precede a su lado visible, pero siempre de espaldas a nosotros. Son las dos vertientes de lo divino: silencio y revelación.

El silencio del alejamiento

Hemos reflexionado sobre el silencio de Dios que precede a una gran expresión de su amor por medio de la revelación de algún aspecto de su palabra: creadora, liberadora, reveladora, vocacional…

Pero hay un silencio en Dios que inquieta mucho más al hombre. Es aquel silencio que viene, al menos aparentemente, cargado de alejamiento divino. “¿Hasta cuándo Yahveh pediré auxilio, sin que tú escuches, clamaré a ti, sin que tú salves?” (Ha 1, 2); “¿Por qué ves a los traidores y callas cuando el impío traga al que es más justo que él?” (Ha 1, 13). Estas eran las quejas de Habacuc.

Miqueas es más explícito: “clamarán entonces a Yahveh, pero él no les responderá: esconderá de ellos su rostro en aquel tiempo, por los crímenes que cometieron” (Mi 3, 4). Y Dios guarda silencio por medio de Ezequiel, como castigo por la poca generosidad de su pueblo: “Yo haré que tu lengua se te pegue al paladar, quedarás mudo y dejarás de ser mi censor, porque son un pueblo rebelde” (Ez 3, 26).

Las razones del silencio de Dios

En efecto, Dios espera en silencio para remover el corazón del hombre y hacerle volver a su amor: “Yahveh, no te quedes callado, Señor, no estés lejos de mí” (Sal 35, 22). “Hacia ti clamo, Yahveh, roca mía, no estés mudo ante mí; no sea yo, ante tu silencio, igual que los que bajan a la fosa” (Sal 28, 1).

De este modo, el alma toma conciencia que este silencio, más que expresión de la ira divina, expresa, en cambio, la paciencia de Dios ante la infidelidad del hombre (Cfr. Is 57, 11). Este mismo sentimiento fue experimentado también por Jeremías en su interior: “Yo decía: ‘no volveré a recordarlo, ni hablaré más en su nombre.’ Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía.” (Jer 20, 9). De ahí que el hombre de fe no deje de invocar a su Dios: “Grito hacia ti y tú no me respondes, me presento y no me haces caso” (Job 30, 20); “¡Oh Dios no te estés mudo, cese ya tu silencio y tu reposo, oh Dios! (Sal 83, 2).

Poco a poco el alma, purificada de sí misma y convertida hacia el Señor, está preparada para el nuevo encuentro con su Dios. Pero aún así debe recordar, como vivió Elías, que la Palabra divina se puede escuchar solamente en el silencio. Después del huracán, del temblor, del fuego, “el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, se cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. [Entonces] le fue dirigida una voz…” (1 Re 19, 12-13).

En resumen, para el alma el silencio/palabra de Dios no es solamente un misterio de su amor infinito. El alma vive también el silencio de Dios como un drama histórico. Es esta la experiencia de los profetas. Y no dudaría decir, que es también el drama de cada uno de nosotros que llevamos la Palabra de Dios en nuestro corazón y, en cambio, muchas veces escuchamos el silencio de Dios y el silencio del hombre ante su palabra. Ante este silencio de amor divino y de dolor interior humano, el Señor logra que cada uno de nosotros, permanezcamos siempre en una sana tensión de búsqueda de lo divino.

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Isaías 50:10-11 


“¿Quién hay entre vosotros que tema a Jehová, y oye la voz de su siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios. He aquí que todos vosotros encendéis fuego, y os rodeáis de teas; andad a la luz de vuestro fuego, y de las teas que encendisteis. De mi mano os vendrá esto; en dolor seréis sepultados.”

Este es un pasaje conmovedor, donde vemos que Dios reprende a aquellos que en vez de confiar y depender de El, buscaban salidas alternativas. Note el cuadro de la situación para entender la respuesta de Dios.

Esta palabra fue dada para aquel que andaba en tinieblas y carecía de luz. No se refiere al que anda en pecado sino aquel que es fiel a Dios y en algún momento de su vida atraviesa una etapa donde no se ve nada y todo parece rodeado de tinieblas, sin ninguna solución a la vista. Esta es una situación desesperante donde tenemos reales necesidades para que Dios las supla, y en cambio solo vemos a nuestro alrededor tinieblas y falta de luz. Caminamos cada día sin entender lo que esta pasando, no tenemos luz de Dios para poder interpretar esta etapa difícil de la vida. Hemos orado y confiado en Dios, nos mantenemos fieles a Su Palabra, intercedemos con autoridad, Dios nos habla con palabras específicas de gran bendición, pero en la realidad…. ¡no sucede nada! ¿Le esta sucediendo algo similar a esto actualmente, donde solo recibe de Dios un silencio que parece no terminar jamás, cuando necesita desesperadamente su gloriosa intervención? ¿Qué debemos hacer cuando solo el obrar de Dios puede salvarnos y recibimos de El, a cambio, silencio?

Esta es una prueba bien difícil de atravesar por lo cual muchos, como dice el pasaje, comienzan a buscar soluciones y diversas salidas. La expresión “todo vosotros encendéis fuego, y os rodeáis de teas; andad a la luz de VUESTRO fuego…” refleja lo que muchos de nosotros hacemos ante esta situación: - -¡Señor, o haces algo tu o tendré que moverme yo! – Ya conocemos siempre como termina la historia: Fracaso, desilusión, decisiones equivocadas, que nos causan dolor y nos sepultan mortalmente.

La expresión popular “el que espera desespera” es necesario que aprendamos a borrarla de nuestro vocabulario espiritual, pues esa desesperación (es decir, decidir no esperar más y hacer algo) nunca nos puede conducir a algo productivo que glorifique al Señor ni a un final feliz. Sinceramente, esperar en los tiempos de silencio prolongado, es muy fácil de hablar pero bien difícil de atravesar, especialmente cuando enfrentamos situaciones desesperantes en lo económico, la salud, la familia, relaciones, el ministerio, etc. 

Para atravesar ese proceso, se necesita la Gracia de Dios y la sustancia de la Palabra de Dios, que nos provee la fe necesaria (Romanos 10:17) “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”. para transformar lo aparentemente negativo en algo beneficioso.

¿Por qué Dios permite, en ciertas etapas de nuestro andar cristiano, que experimentemos largos tiempos de silencio? ¿Qué dice la Biblia acerca del silencio de Dios?

Vamos a ver algunos casos de aquellos que hicieron algo ante el silencio de Dios, para obtener una beneficiosa enseñanza para la vida cotidiana:

1. El Pueblo de Israel en el desierto
En Éxodo 32 nos encontramos en una situación especial donde Moisés estaba en la presencia de Dios por varios días y abajo en el campamento solo había silencio prolongado. Los días pasaban, la gente invertir horas y horas mirando hacia el monte a ver si veía bajar al hombre de Dios pero nada sucedía. Era un silencio abrumador, enloquecedor, irritante y desesperante. Es en ese contexto que el v.1 dice: “Viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender del monte…” Había consenso en el pueblo de que ya no se podía esperar más. Unos a otros se decían: - Ya estoy cansado de esperar ¿y tu? – y el otro respondía: – Yo también estoy más que nervioso de tanto esperar. ¡Tenemos que hacer algo! – Toda esa atmósfera pesada, de falta de espera, llevo al pueblo a hablar con Aarón y decirle: “… y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto; no sabemos que le haya acontecido.” Luego de eso el pueblo de Dios construyó un becerro de oro para adorar.



En este episodio, ¿Para qué sirvió el tiempo de silencio? 

Para revelar la idolatría y el corazón impuro del pueblo de Dios. Sirvió además para revelar falta de respeto y rebelión a una autoridad delegada de Dios. 

¿En medio de este tiempo de silencio se ha dado cuenta lo que realmente hay en su corazón, que antes no lo sabia pero que necesita ser cambiado?

​2. El Rey Saúl
En 1 Samuel 13:5 los filisteos se juntaron para pelear contra Israel. Era un enemigo muy numeroso que su sola presencia causaba temor. Era una situación desesperante y apremiante. El pueblo esta temblando de temor (v.7), era una situación estrecha, apretada (v.6) donde había que hacer algo…o esperar al profeta de Dios que había dicho en el Cáp. l2:16 “Esperad aún ahora” Los días pasaban y el v. 8 dice: Y el esperó siete días, conforme al plazo que Samuel había dicho; pero Samuel no venía a Gilgal, y el pueblo se le desertaba.” El relato dice que Saúl esperó…pero no lo suficiente. Hubo algo dentro de el que dijo: - Basta de esperar, tengo que hacer algo – que le hizo hacer algo que no debía haber hecho, lo cual le costó el ser desechado por Dios y perder la Unción que había recibido. El relato dice que el profeta Samuel apareció justo “cuando el (Saúl) acababa de ofrecer el holocausto…”Los vv. 13-14 reflejan la terrible consecuencia de no haber esperado en medio del silencio.